miércoles, 13 de junio de 2012

Primer capítulo de la novela "Hobo", de Juan Vico



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Alza la vista al cielo, hacia la bandada de cuervos que vuela en círculos sobre el algodonal, los observa, los vigila, los cuenta y los recuenta. Aunque las creencias de James Lunceford le impiden dar crédito a ese tipo de señales, comprende que el momento ha llegado. En efecto: apenas el sol comienza a rozar la línea del horizonte, un sombrero agitado en el aire reclama su atención mientras la noticia, saltando de boca en boca, salva con rapidez la distancia que le separa del mensajero. Sonríe y echa a correr.

La historia de la plantación Tackery se remonta a 1885, cuando el hijo de un general muerto durante la Guerra Civil decidió invertir todo su capital en la compra de unos vastos terrenos salpicados de bosques y pantanos, un escasamente atractivo pedazo de tierra virgen que se extendía treinta millas cuadradas a lo largo del río Sunflower, en pleno corazón del estado de Mississipi, en una zona conocida como la región del Delta. Con la obstinación del prototípico self-made man sureño, William Tackery taló robles, fresnos y cipreses, arrancó cañas y matorrales con sus propias manos, drenó centenares de acres hasta acondicionar su nueva propiedad y convertirla en un fértil terreno apto para el cultivo de algodón a gran escala.

La esclavitud había sido formalmente abolida con el fin de la guerra, pero los Códigos Negros promulgados por los legisladores del estado entre 1865 y 1867 dejaron sin efecto la mayoría de medidas destinadas a proporcionar los cambios necesarios para garantizar la libertad práctica de la población afroamericana. El sistema de las viejas plantaciones dio paso en poco tiempo a otro tipo de esclavitud, basada en la dependencia económica de los trabajadores respecto al propietario de los campos, quien cedía porciones de terreno, semillas y herramientas a cambio de un porcentaje abusivo de la producción obtenida de su cultivo. Con frecuencia el trabajador acababa el año debiendo dinero al terrateniente, lo que provocaba que su subordinación se perpetuase. La diferencia primordial entre la época de la esclavitud y el posterior régimen de trabajo consistía en la relativa autonomía de movimiento del arrendatario, ya que ahora podía mudarse de una a otra plantación sin excesivos problemas, siempre que las deudas no se lo impidiesen.

            La búsqueda de unas supuestas mejores condiciones laborales, de unas tierras más productivas o de un patrón menos inflexible, había llevado a James y a Anne Lunceford a trasladarse junto a sus cuatro hijos a la plantación Tackery allá por 1903. Los dos primeros años en su nuevo hogar transcurrieron sin demasiados sobresaltos, sin progresos significativos, sin penalidades que no fuesen ya conocidas: habían trabajado día a día, de sol a sol, habían engendrado a otros dos  niños, y cada domingo por la mañana se habían postrado para rogar una vida más justa.

A mediados de 1906, sin embargo, James Lunceford se vio envuelto en un turbio asunto, una disputa con unos vecinos de la plantación, los hermanos Dodds, que desembocó en una pelea de navajas a altas horas de la noche. No hubo ninguna víctima mortal, pero James creyó oportuno marcharse durante una temporada para evitar represalias por parte de la imprevisible justicia de los blancos. Durante tres o cuatro meses permaneció en una pequeña localidad próxima a Memphis, esperando a que las cosas se calmaran en Tackery, trabajando en lo que salía y enviando cuando era posible algo de dinero a casa.

Sábado por la noche, principios de julio, un calor pegajoso cubre las tierras del honorable William. Gran parte de los hombres y mujeres jóvenes de la plantación beben, ríen y bailan, bromean y se provocan, se seducen o se pelean en alguna de las numerosas fiestas improvisadas en sus alrededores. En la cabaña de la familia Lunceford, en cambio, se congrega un reducido número de personas expectantes ante un acontecimiento bien distinto al de los juke joints semanales. La partera llega al fin, el nuevo hijo de la familia va a nacer de un momento a otro. No se trata, por demás, de un parto cualquiera, sino del alumbramiento del séptimo hijo de un séptimo hijo, circunstancia que, según la tradición, augura una vida excepcional al ser que está a punto de llegar al mundo. Siete minutos después de la medianoche, recién inaugurado el 7 de julio de 1907, un bebé pequeño y de piel algo clara irrumpe en la vida de los Lunceford con un grito desgarrador que enseguida da paso a un llanto más pausado, pero igualmente penetrante, prolongado con intermitencias a lo largo de toda la madrugada.

Apretones de manos y abrazos, risas, frases hechas y gracias al cielo. Luego los vecinos van volviendo a sus casas poco a poco. Anne hace rato que duerme exhausta por el esfuerzo, los niños se resisten a acostarse, aunque al final ceden. El padre sigue despierto, fumando junto a la puerta de la cabaña, desviando la vista a menudo hacia su mujer y hacia el pequeño, que ahora mismo también está dormido. Por muchos hijos que se tengan, piensa el bueno de James, uno sigue emocionándose como la primera vez.

En esta ocasión, no obstante, a la ternura y al orgullo se le ha sumado un compañero indeseable, un fantasma alimentado por ciertas habladurías que ha venido acechándole durante los últimos meses para darle alcance justo ahora. Chismes que conciernen  a su temporada en Memphis o, más bien, a lo que pudo haber ocurrido en el hogar durante su ausencia, cuando Anne y sus dos hijos mayores, absolutamente desbordados por el trabajo, procuraban recibir toda la ayuda posible en las tareas de recolección, en algunas ocasiones por parte de jornaleros de paso, en otras por parte de algún vecino compasivo. Según esos rumores, Nathan Henderson, patriarca de una conocida familia de músicos locales, y cuyos hijos ilegítimos, según se dice, se cuentan por docenas, no habría tardado en aparecer por allá para ofrecer, en sus propias palabras, la ayuda de una espalda fuerte a tan bella dama. Ayuda desinteresada, por supuesto, la de un buen vecino y mejor cristiano.

James ha buscado y rebuscado en el rostro del recién nacido cualquier rasgo que le recordara a sí mismo. Por desgracia, no sabe con seguridad si su mujer estaba ya embarazada cuando él regresó a Tackery, nueve meses atrás. Con ese pensamiento atormentando su mente, alza la vista para descubrir una enorme luna llena apareciendo tras una nube y, tras velarla de nuevo con el humo de una última bocanada, quedarse mirándola fijamente, como si sólo ella pudiera ofrecerle una respuesta.

 Juan Vico © 2012 Queda prohibida su reproduccióny distribución sin el consetimiento del autor

Juan Vico (Badalona, 1975) es licenciado en Comunicación Audiovisual y máster en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Ha publicado los libros de poemas Víspera de ayer (Pre-Textos, 2005) y Still Life (UAB, 2011), así como los cuadernos Gozne (2009) y Densidad de abandono (2011). Colabora con artículos sobre literatura y cine en diversas revistas culturales. Hobo es su primera novela.

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