viernes, 30 de enero de 2026

A cuatro centímetros del corazón, de Pablo Manzano

 


Relato del libro Spoiler, de Pablo Manzano

Batata Libros, Buenos Aires, 2025


A CUATRO CENTÍMETROS DEL CORAZÓN


Una mañana soleada de primavera Ángel Sosa recibió un balazo en una calle de Once. Una bala perdida, más bien. Nadie cometería la bajeza de disparar a un hombre con un corazón tan grande. Eso pensó Hugo Emerson al enterarse dos semanas más tarde, mientras estaba de visita en Buenos Aires. Una década en Europa y ya se había olvidado de que en su país estas cosas podían ocurrir, que incluso la gente de una bondad sin sombras podía ser acribillada de manera accidental o intencionada. Estar en el lugar equivocado ya era motivo suficiente, y Ángel, su amigo de la infancia y el mejor amigo de todos, había tenido esa desgracia.

Atracos, tiroteos, secuestros, narcos, corrupción policial... ¿Por qué nunca había escrito una novela-postal sobre la violencia en su país con todos estos ingredientes folclóricos y una chirriante jerga local? Un pensamiento recurrente: en el mundo civilizado esas novelas triunfan. Otro: toda una literatura construida sobre el agotamiento de la pulsión vital y la fascinación por el crimen. Hugo Emerson ya tenía dos worst-sellers publicados en Europa cuando un día un editor le pasó una lista de temas interesantes para novelar.


Vida en las favelas (una trama en la línea de Ciudad de Dios).

Nuevo Laredo (carteles, sicarios), el cruce del Río Bravo (coyotes, inmigrantes)

Conflicto armado en Colombia (narcos, guerrilla, militares, paramilitares...)

Contrabando en el Amazonas (lanchas, droga, sexo, chamanes, selva...)

Años setenta en Argentina (desaparecidos, torturados, vuelos de la muerte...)

Emerson rechazó todas las propuestas. Una razón (o una excusa): son temas de exportación. Otra: no puedo escribir sobre nada de eso porque no he vivido nada de eso. El editor insistió, le sugirió que escogiera el último tema de la lista y hasta le propuso una línea argumental. Un argentino y una argentina se conocen en Europa. Son jóvenes. Se enamoran. Un día ambos se enteran de que en los años setenta el padre de él había torturado a la familia de ella. El desarrollo y el final quedaban en manos del autor.

Hugo Emerson venció su pereza y lo intentó. Incluso asistió a una muestra de Poéticas de la Memoria, donde se contactó con hijos de desaparecidos. El hermetismo de la cofradía le impidió relacionarse con el grupo. Sin em- bargo, consiguió intimar con una mujer joven que, pensó, podría servirle de inspiración para crear el personaje de la protagonista. Ella le habló del dolor, de cómo las jerarquías estaban determinadas por el dolor. Cuantos más familiares desaparecidos tuvieras, mayor dolor; y a mayor dolor, mayor liderazgo dentro del grupo. Los esfuerzos y el interés de Hugo Emerson se agotaron al poco tiempo, ni siquiera fue capaz de pensar en un desarrollo para la historia, más allá de la punta facilitada por el editor. La razón (o la excusa): el dolor. El dolor era una dimensión truculenta de la vida sobre la que él nada sabía. El dolor le era tan ajeno que a la mínima desgracia quedaría como un insecto atravesado por un alfiler. Emerson le dijo al editor que no estaba preparado, que no podía escribir sobre eso porque nada de eso le tocaba de cerca.

Lo que le había ocurrido a Ángel Sosa, en cambio, le tocaba de cerca. Una frase recurrente: mi fantasía más idiota es que me peguen un tiro y sobrevivir. Otra: no soy rencoroso, soy memorioso. Para la memoria patológica de Hugo Emerson veinticinco años no eran nada. Su afán de protagonismo, también patológico, hacía que la envidia en este caso fuera posible. Pero esta envidia, renovada ahora por un balazo accidental, se remontaba a la pubertad. Emerson tenía doce años cuando perdió la última ocasión de ganar la elección del mejor amigo en el día del amigo. Un cuarto de siglo más tarde lo recordaba todo. Cuando Federico Pintos, ahora calvo, trajeado y barrigón, le contó en un encuentro casual lo de la bala perdida en el Once, Hugo Emerson no pudo evitar jactarse como lo hacía en aquel entonces. ¿Sabías que soy el único en este mundo al que el bueno de Ángel Sosa le ha partido la cara? Pintos también lo recordaba, había sucedido después de la elección del mejor amigo en el último curso de primaria. Después de aquello Hugo y Ángel habían dejado de hablarse.


Nada mejor que un suceso dramático para propiciar el reencuentro. Ángel Sosa, que no conocía el rencor, sin duda se alegraría de volver a hablar con él después de tanto tiempo. Él le pediría detalles. ¿Cómo fue? ¿Qué se siente? ¿Sentiste dolor? ¿Perdiste mucha sangre? ¿Pensabas que te morías? El episodio no daba para una novela, pero sí para un relato. Emerson estaba entusiasmado y ya empezaba a construir el relato en su cabeza, a pensar frases: «Ángel Sosa era más bueno que Obama». No, nada de chascarrillos de actualidad, funcionaban cuando los testeaba en la barra de un bar, pero al final siempre terminaban desvirtuando cualquier intento narrativo serio. Pensaba en lo que le había ocurrido a Ángel y trataba de recordar experiencias similares de vértigo vividas por él, batallitas contadas mil veces para impresionar a la gente civilizada de la cultura, pero no tenía nada para presumir como un buen pedazo de plomo calcinante –porque dicen que quema– entre pecho y espalda.

Las experiencias similares de Hugo Emerson, más que una desgracia con suerte, habían sido una suerte sin desgracia. Una vez, en su piso de Barcelona, se encontró a un ladrón de origen kosovar que al ser descubierto le imploró de rodillas que lo dejase marchar. ¿No eran los del Este los más sanguinarios? A mediados de los noventa, en Buenos Aires, una novia amante de Tarantino le arrebató la pistola a un policía anciano que iba a detenerla por haber destrozado el escaparate de un videoclub. ¿Quién es el poli ahora, abuelo? Emerson tuvo que calmarla para evitar el infarto del suplicante agente al que, según confesó, le faltaban pocos días para jubilarse. ¿Cómo iba a contar historias violentas de primera mano si todos los criminales y policías que pasaban por su vida eran más buenos que Ángel Sosa? De inventárselas, ni hablar. En esto, además de poco imaginativo, Emerson era dogmático. Una sentencia: imposible escribir sobre lo que no has vivido sin que se note (y sobre lo que has vivido también). Otra, dirigida al editor: con un nombre como el mío deberías publicarme sin leerme, sin siquiera pedirme que escriba.

Imaginaba best-sellers de mil páginas en blanco con rutilantes letras en relieve impresas en la cubierta: HUGO EMERSON. Como los nombres de las señoras anglosajo- nas a las que traducía por la tarifa mínima (Amanda Quick, Alice Hoffman, Dorothy Turner, Sarah Jefferson) y que según Emerson lo mantenían. Chascarrillo de barra de bar: no soy un traductor, soy un gigoló. Sin duda, pensaba, aquella bala inocua le hubiera venido mucho mejor a sus aspiraciones como escritor que a la existencia anodina de Ángel Sosa. La bala habría dado lugar a una experiencia narrada de primera mano, a una leyenda, todo un filón en materia de promoción, y el editor, además de publicarlo, no habría resistido la tentación de mencionar esa bala en el texto de la solapa del futuro best-seller, como si se tratara de una medalla literaria.

La madre de Ángel Sosa atendió el teléfono. ¡Hugo Emerson! ¡Tanto tiempo! ¿Tenés mujer? ¿Tenés hijos? ¿Tenés éxito? Emerson le dijo que se había enterado de lo de Ángel y quería localizarlo. Vos sabés, che, que ha sido una desgracia con suerte. ¡Qué susto, Jesús! Angelito estaba viviendo en un pueblo del interior con su señora, una chica excelente. Hugo recordó las aspiraciones de Ángel de casarse con una mujer virgen. No le extrañaba que hubiese dejado la capital para mudarse al interior del país, atraído por la gente sencilla como él. Para Emerson, el interior era el inferior. Angelito había ido a Buenos Aires para hacer un trámite, y pasó lo que pasó. ¿Qué fue exactamente lo que pasó?, preguntó Emerson. La madre prefería no acordarse, le dijo que mejor hablara con Ángel, le dictó los diez dígitos del teléfono celular de su hijo. Llamálo, llamálo, se va a alegrar de hablar con vos. Hugo le dio las gracias y se despidió, y estaba a punto de colgar cuando: qué macana, Hugo Emerson, que no tengas éxito, pero cómo, che, si vos siempre ganabas la medalla de oro, eras un personaje. ¡Y Angelito te quería tanto!

La elección del mejor amigo en el día del amigo era una tradición, como era una tradición que todos los años eligieran a Ángel Sosa. Tiene un corazón tan grande que no le cabe en el pecho. Eso decían todos, como si Ángel formara parte de la hagiografía contemporánea. Un rumor: vamos a estudiar su vida en las clases de catequesis. Otro: tiene una doble vida, trata mal a la madre. Ser el mejor alumno también tenía su mérito, pues nunca ha sido fácil serlo y al mismo tiempo hacerse respetar. Hugo Emerson lo conseguía, con una combinación de inteligencia, bufonería y descaro. Los que lo odiaban por pedante lo admiraban por ser un liante, y el personal docente no sabía cómo reaccionar ante el contraste entre una conducta escandalosa y unas notas sobresalientes. Prevalecían las notas, y las medallas de oro, pues Emerson era un competidor clave en los intercolegiales de mentes brillantes. Pero en un colegio donde se inculcaba la santidad no bastaba con tener el mejor promedio todos los años, y no alcanzaba todo el oro en medallas si no eras el más querido, el más amado. Si no decían de ti: tiene un corazón tan grande que no le cabe en el pecho. Antes de la última elección del mejor amigo, Hugo Emerson divulgó falsos rumores sobre Ángel Sosa y sobornó uno por uno a varios compañeros. Votáme y te voto, votáme y te voto, votáme y te voto. En aquella elección Emerson recibió una cantidad sorprendente de votos (incluido su propio voto), pero sin llegar a obtener el reconocimiento deseado. Como en los años anteriores, y aunque sólo fuera por un margen escaso, Ángel Sosa volvió a salir elegido mejor amigo, mejor compañero, mejor persona. Y una vez más: tiene un corazón tan grande que no le cabe en el pecho. Amén.

Aquel día del amigo regresaban juntos a casa después del colegio, cuando Hugo le preguntó: ¿a quién votaste? Ángel, con una sonrisa enternecedora: a quién va a ser, a vos, Huguito. Y Emerson: qué infeliz, ¿no te das cuenta de que a mí me importás un carajo? Se dedicó a atormentar la conciencia del mejor amigo de todos. Confesá, confesá que en el fondo sos un hijo de puta, confesá, santurrón, ¿me vas a decir que nunca mataste una mosca? La sonrisa de Ángel que se hace trizas, el mentón que le tiembla. Te ven como un pan de Dios, pero sos un pobre infeliz, ¿no te avivaste todavía? Ángel que apura el paso y se adelanta unos metros. Y Emerson, pisándole los talones: sí, tomátela mejor, me da vergüenza que me vean con vos, andá a hacerte coger por los curas, puto, a ver si te canonizan. El objetivo era el llanto, y Ángel Sosa, al llegar a la puerta de su casa, se giró con lágrimas en la cara y lanzó un puño pétreo, inesperado, que dejó a Hugo Emerson tumbado en el suelo con una sonrisa cubierta de sangre. Hugo se levantó, se limpió la nariz y la cara con un pañuelo de tela, se sacudió el uniforme y entonces vio a Federico Pintos, uno de los tantos sobornados, en la vereda de enfrente. Emerson cruzó la calle. Pintos se puso pálido: pará, Hugo, pará, te lo juro por Dios que no se lo cuento a nadie. No, dijo Emerson, mañana vas y se lo contás a todos, ¿entendiste?

Habían pasado veinticinco años.

Hola, chaval, habla el único tío al que le has partido la cara en toda tu vida, ¿me equivoco? Ángel Sosa lo reconoció enseguida, se alegró de oírlo, se rio amigablemente de su acento ibérico. Comentaron sus vidas conyugales. Hugo Emerson, poco que contar. Ángel Sosa tenía cinco hijos. Emerson le preguntó cómo se encontraba. Habían pasado dos semanas desde el episodio en Once y Ángel ya estaba recuperado. Tan es así que conducía por una carretera de doble mano a la vez que hablaba por el móvil. Emerson lo escuchaba hablar de la experiencia, mientras no podía evitar imaginar un final abrupto y absurdo para su relato: Ángel Sosa que se estrella y se mata en su coche mientras le cuenta a un viejo amigo cómo ha sobrevivido a un disparo.

Un atraco en un locutorio de Once. El chorro sale empuñando un revolver del 38 (la bala que le extraen pos- teriormente a Ángel Sosa es de ese calibre). El dueño del locutorio sale a perseguirlo. El atracador para un taxi, baja al taxista de los pelos y se monta frente al volante. Pero antes de arrancar se gira y ve al tipo del locutorio corriendo hacia el taxi, también con un revólver en la mano. El chorro levanta el 38 y apunta a través de la ventanilla trasera. Ángel Sosa es uno de los varios testigos paralizados, justo detrás del taxi. Había una señora a mi lado, yo le pregunté si había oído algo. La mujer lo mira y responde que no, me parece que no, joven, yo no oí nada. En ese momento Ángel Sosa recibe una descarga eléctrica calcinante que le recorre todo el brazo izquierdo. ¿Te asustaste? Se estira el cuello del pullover y debajo ve su camisa blanca empapada en rojo. ¿Se siente bien, joven? ¿Perdiste mucha sangre, Ángel? La mujer hace que se acueste en el suelo, empieza a gritar. ¡Llamen a una ambulancia! ¿Pensabas que te morías? Me dije ya está, ya fue, me puse a rezar, Huguito. Te habrán faltado dioses, pensó Emerson, de católico a politeísta en un santiamén. Pero en cambio dijo: yo también, Ángel, yo también habría rezado. No sabés cómo quemaba, Huguito, suerte que me llevaron rápido, que si no, no la cuento. Ahora la gente andaba contando su historia y diciendo que Ángel Sosa era gafe. Vos sabés, Huguito, que andan diciendo que soy yeta, me lo dijo el Fede Pintos, por atraer a las balas, ¿a vos te parece? Lo que está claro es que no eres ningún santo, pensó Emerson, o habrías tenido el destino de mártir que te corresponde. Pero en cambio dijo: ni caso, Ángel, la gente es gilipollas, no saben ver las cosas. En el hospital le habían extraído una bala del 38. Se la habían sacado por la espalda y le había quedado un agujero en el omóplato. La bala que alcanzó a Ángel Sosa, según el médico, estaba enquistada a cuatro centímetros del corazón. Yo sabía que no tenías un corazón tan grande, pensó Hugo Emerson. Pero en cambio dijo: eso es suerte. No escribió nada. La historia, si es que había historia, se fue desgastando en su boca. Tras su regreso a Europa no paraba de contarla. Os contaré la historia de Ángel Sosa, el hombre con un corazón tan grande que no le cabe en el pecho. Y entonces Emerson contaba su propia historia, otra batallita, confesaba su fantasía más idiota, ironizaba con su envidia, se proyectaba él mismo una vez más como único protagonista y hacía reír a su auditorio. Llevó la bala de su amigo de la infancia enquistada a cuatro centímetros de su encogido corazón, la paseó y la exhibió entre amigos recientes, entre conocidos de la cultura, como si fuese una medalla literaria. Contó aquella historia un millón de veces, por lo menos, y casi siempre a pedido de gente a la que despreciaba. En cada ocasión su relato arrancaba arrollador, al ritmo de una narración de crimen trepidante, como las que le gustaban al editor. Pero luego era como si la bala comenzara a escarbar. Como si Hugo Emerson empezara a desangrarse. Y la historia, si es que había historia, iba perdiendo fuelle.


Copyright © Pablo Manzano