domingo, 8 de marzo de 2026

Reseña y extracto de Lxs niñxs de oro de la alquimia sexual, de Tilsa Otta

 


Lxs niñxs de oro de la alquimia sexual
Tilsa Otta
Random House, Lima, 2021


Reseña y extractos


Me topo con la novela Lxs niñxs de oro de la alquimia sexual de la escritora peruana Tilsa Otta en una estantería de Librerío en su fiesta de despedida, allá en Sabadell. (Por cierto, los libros estaban organizados por países). La hojeo entre copa y copa y algunas líneas me capturan.  Me lo llevo y en casa lo termino días después. La trama es sencilla, Cristy empieza a tener lo que llama “orgasmos premonitorios”, momentos de éxtasis sexual en los que Dios le revela imágenes en forma de hologramas. Cristy podría ser un trasunto del mito griego de Casandra, cuyo castigo es el de que nadie crea las profecías que Apolo le ha permitido vaticinar. Pronto empieza a recopilar esas visiones en un cuaderno que será “una investigación entre el sexo y el más allá”. 

Una investigación de unas experiencias entre lo místico y lo sexual, en el convencimiento de la monogamia, sin excluir escarceos fuera de ella. 

Cristy cree en el amor como chispa que enciende el deseo. Leo, su pareja, es, al mismo tiempo, una fuente de intriga. “Me pregunto qué preguntas se hace, si es posible que no piense en ello en absoluto.” Las epifanías a su vez tienen algo de sacrílego que preocupa al entorno familiar. Su madre, de hecho, le saca una cita con un sacerdote. La novela como relato de lo que ocurre en la trastienda de la pareja, de la sociedad, del mundo de apariencias que es el de la convivencia social. Un relato sobre las pulsiones acalladas, refrenadas, los deseos que desestabilizan o cuestionan el orden. Una investigación acompañada de experimentación, a través de diferentes disciplinas, corrientes filosóficas —energía kundalini, el tantra, el yoga, el taoísmo— en la indagación de esas pulsiones, con la meta de entender la naturaleza humana. 


“Y si veo el futuro cada vez que llego al orgasmo, ¿cuál es mi rol?” 


Hay una insuficiencia, una carencia o un vacío producidos por la vida moderna; los avances tecnológicos y el positivismo en el que nos hallamos inmersos explican el interés por otros acercamientos ajenos a lo institutional: “no me interesa la validación de la comunidad científica, esto es para mí y lo haré a mi modo. ¿Voy a transformar mi experiencia vital en una pseudociencia para mi propio estudio? Pues parece que sí. ¡Allá voy!” Una historia narrada con soltura, sin tapujos, con un lenguaje sincero, muy cercano, Tilsa Otta logra lo más encomiable en esta cautivante novela. EEU


A continuación publicamos un extracto 


                         17. Bi-curiosidad profesional

 

Ahora, mientras estoy cogiendo con Leo, las ideas esotéricas de complementariedad de los opuestos empiezan a sonarme conservadoras, dominantes y excluyentes. Shiva y Shakti, el lingam y el yoni, la serpiente y el loto… hasta me da vergüenza haber apelado a ese argumento para interesar a Leo en mi investigación. Si los de Cosmos me escucharan hablar así… con todo el rollo inclusivo que manejamos en nuestro espacio. No llego al orgasmo esta vez por pensar en tantas cosas. Leo parece un poco molesto y no le falta razón. Se va a su lado de la cama y se duerme. Yo sigo pensando en el funcionamiento de la magia sexual, ¿es realmente como un sistema electrónico que se acciona con polaridades opuestas? Como defensora de los derechos LGTBIQ no puedo concebir la existencia de un don natural humano que deje fuera a algunos compañeros. 

3 a.m. Sin duda esto califica ya como insomnio… y es que estoy tratando de formular teoremas energéticos basados en otros principios físico-químicos; después de todo, estudié cuatro semestres de ingeniería química en la universidad. Siento que es muy relevante la tarea que me he impuesto. De pronto, en pleno amanecer, la turbulencia de mi mente se despeja y el sol ilumina poderosamente una hipótesis fascinante que no había considerado: si la combinación de mi energía sexual con la energía sexual opuesta (masculina) da como resultado el futuro, la unión de mi energía con una energía homóloga (femenina), ¿con qué dimensión me confrontaría? ¿Con el pasado? Si nos ponemos en plan binario-occidental, la antípoda del futuro es el tiempo anterior, pero ¿cómo podría saber si las imágenes del pasado que me fueran reveladas durante el orgasmo homosexual habrían ocurrido en efecto? ¿Tendría que sumar a esta labor de investigación y comprensión de mi proceso actual una de detective de eventos históricos previos? ¿O la visualización correspondería a mi propia vida? ¿Sería un flashback a mis vidas pasadas, mi más tierna infancia, mis días en el útero materno? ¿O al pasado de ella? Pero… ¿quién es ella? ¿Quién sería? ¿Debería saberlo ya? ¿Y si lo descubro durante un coito con Leo? ¿Haciendo el amor con Leo tendré visiones de “la otra”? ¿Leo me presentará sin saberlo a la persona con quien le sería infiel? Digno de telenovela. Aunque  no somos tan radicales con la monogamia, desde que nuestros orgasmos se pusieron sobrenaturales cuidamos más nuestras energías. No queremos que nos pase algo que debería quedar en el terreno íntimo de máxima seguridad en compañía de alguien que no esté a la altura del milagro. Confío en que ella lo estaría. Debería hablarle a Leo de ella, pero… ¿en qué momento decidí acostarme con una mujer? Ahora que lo pienso, fue en este preciso momento, en el presente andrógino.

 


 

18. Poca tolerancia al alcohol

 

Salió el sol y me siento muy contenta. Como un helado de limón en medio de la plaza, justo en el centro. Llevo puesta una falda azul de jean y estoy pelirroja con una cola alta (ayer me teñí el pelo de rojo). Me nació de repente, fui a la peluquería que está a la vuelta de mi casa y escogí el tono con la estilista. A Leo le encanta. 

Estoy esperando a María Elena, mi maestra de yoga. Observo un árbol hermoso, rodeado de vendedores ambulantes de grandes globos inflables que representan personajes icónicos del imaginario infantil como Dora la exploradora, minions, Peppa pig y algún pony rosa encendido. Creo que es una araucaria, la recorro con la mirada y siento placer y bienestar gracias a ciertas cosas que me comunica entre los rayos solares. El día está fresco. El nuevo color de mi cabello es rojo cobrizo.

– Hola -me saluda María Elena-. Estás parada exactamente en el medio de la plaza.

Reímos e intercambiamos besos.

-¡Me encanta tu pelo!

 -¡Gracias! ¿Cómo estás?

-Bien. Tienes algo… -señala mi barbilla y temo haber derramado la sustancia tornasol de las revelaciones. Palpo la zona indicada, siento algo cremoso… uff, es solo helado.

Me limpio con la servilleta que envolvía el cono. Me pone un poco nerviosa hablar con ella desde que se me ocurrió que podría ser la indicada, no sé cómo seducir a una mujer.

-¿Quieres sentarte aquí o vamos a tomar algo? –sé que es un recurso muy fácil pero unas copas siempre ayudan a los cobardes.

-Mmm… no puedo beber mucho porque mañana dicto a las ocho. Tengo dos clases seguidas… pero una chela puede ser.

Vamos a un bar nuevo que vi en el camino, nos cuesta elegir una mesa. María Elena habla bastante sobre sí misma, con solo un vaso de cerveza está notoriamente más desinhibida y expresiva. La motivo a continuar pues su forma de pensar me resulta muy interesante, inclusive intento retener algunos pasajes de su vida que considero lecciones que algún día aplicaré. De pronto se distrae por un hombre que, desde otra mesa, le hace un gesto de saludo. Supongo que no lo conoce porque lo ignora y regresa a mí.

-¿Y tú? 

-¿Qué? 

–Cuéntame de ti, ¿cómo estás? ¿Cómo te está yendo? 

No sé bien por dónde empezar. Después de unos rodeos de naturaleza técnica respecto a la pregunta que debo responder, intento hacer una exposición atractiva y amena sobre las reflexiones que ciertos sucesos extraordinarios me suscitaron. Hay un par de momentos de risa y otros de prudente silencio de su parte. Es la primera vez que alguien me dice: 

-Deberías buscar un terapeuta especializado en psicología fenomenológica.

-Prefiero aprender de personas como tú, explorar en mí misma, en mis sentidos y mi percepción.

-Sí, ese es otro camino. Según la filosofía hindú, podemos ver a través del tercer ojo o Ajna con los ojos del alma. El yoga te ayuda a ejercitar ese chakra para ver la verdad tal cual es sin que la mente se interponga con sus miedos y espejismos. No dejes las clases. 

-Sí, no las pienso dejar. ¿Pido otra cerveza?

-Mejor no. Ya me tengo que ir, estoy un poco cansada.

-¡Pero son las cinco!

-Es que no suelo beber. No me cae bien –se excusa apenada. Y, ciertamente, puedo ver sus párpados caídos, su nivel de energía ha descendido de modo alarmante en los últimos quince minutos. No fue una buena idea, debí imaginarlo. Sin embargo, se ve muy linda, aún agotada, me gustaría tanto que se fije en mí.

 

 

jueves, 12 de febrero de 2026

Reseña de Barrio Moscardó de Sergio Galarza

 


Barrio Moscardó

Sergio Galarza

Candaya, Barcelona, 2025


Barrio Moscardó es un relato honesto, necesario y conmovedor. Aunque por el título, la contraportada y la promoción, se ponga el énfasis en la vida de barrio o la comunidad vecinal, que se está perdiendo, la causa es el tema nuclear: el encarecimiento de la vivienda, tema de preocupación número uno de los españoles, o lo que viene a ser lo mismo, el ensanchamiento de la brecha social. Y como trasfondo: la filialidad y la paternidad. 


El precio de la vivienda, estrechamente relacionado con la zona en la que uno vive, marca el destino que les toca a los hijos. El autor pone en contraste su pasado limeño y el Madrid de hoy para exponer su condición de hijo, primero, en la capital peruana, en el barrio de Los Sauces, y después, ya como padre que, tanto en lo profesional como en lo personal, reconstruye su vida tras divorciarse, en el barrio Moscardó, de Madrid, en el que  dará un nuevo hogar, y a ser posible, un barrio, a sus hijos: “sé que siempre defenderé la vocación callejera de mis hijos. Que sean libres como lo fui yo, pero que sepan volver a casa y menos estropeados que su padre. Un niño sin calle da más pena que las bestias del circo en sus jaulas.”


Con una prosa impecable y una inteligencia luminosa, Galarza apunta a la vida de barrio para revelar lo que se esconde detrás de las apariencias, ya sea entre los vecinos o en el seno de la familia. Asimismo, hace un recorrido por los terremotos políticos que marcan la vida de una sociedad y van configurando su idiosincrasia —sus prejuicios, sus complejos, su escala de valores y sus antivalores— lo que uno adquiere como adquiere su lengua, y que luego lleva consigo en la maleta al emigrar, persiguiendo una vida mejor. 


Es aquí donde la literatura cobra relieve, ya en el arranque se nos informa que el narrador fantaseaba “con vivir en el extranjero como Ribeyro, escribiendo mis primeros cuentos”. La experiencia literaria es una constante a lo largo del libro, como herencia de un tenaz empeño de sus progenitores por brindar a sus hijos un bagaje cultural, con una nutrida biblioteca, a la vez que una buena educación en un colegio privado, dos verdaderos privilegios en un Perú que en la década de los ochenta ha entrado en colapso. 


Pero así como Galarza da cuenta de los escritores que conforman la base de su formación literaria —Ribeyro, Ciro Alegría, Vargas Llosa, Martín Adán, Cronwell Jara, y muy especialmente Oswaldo Reynoso, con quien hay prácticamente una deuda de discípulo a maestro— también nos habla de historia, de urbanismo, de arquitectura, de periodismo, de música, de la pasión por el fútbol y de violencia, ya sea política, criminal o terrorista. El rigor en el aporte de datos que además de amenos son curiosos, divertidos, paradójicos y sobre todo oportunos, entraña la ambición de ofrecer una visión compleja de la realidad, lo que, de todas todas, enriquece la lectura.


El pasado como un mal trago pero al mismo tiempo como escuela, como el colegio de curas españoles en el que el protagonista se ganaba el respeto a puñetazos, Barrio Moscardó rescata de la inconformidad los instantes felices, la gloria, la gratitud y la entereza para enfrentarlo todo. Un libro imprescindible para los latinoamericanos que han recalado en España y para los españoles que conviven con ellos, que seguramente son todos. EEU

viernes, 30 de enero de 2026

A cuatro centímetros del corazón, de Pablo Manzano

 


Relato del libro Spoiler, de Pablo Manzano

Batata Libros, Buenos Aires, 2025


A CUATRO CENTÍMETROS DEL CORAZÓN


Una mañana soleada de primavera Ángel Sosa recibió un balazo en una calle de Once. Una bala perdida, más bien. Nadie cometería la bajeza de disparar a un hombre con un corazón tan grande. Eso pensó Hugo Emerson al enterarse dos semanas más tarde, mientras estaba de visita en Buenos Aires. Una década en Europa y ya se había olvidado de que en su país estas cosas podían ocurrir, que incluso la gente de una bondad sin sombras podía ser acribillada de manera accidental o intencionada. Estar en el lugar equivocado ya era motivo suficiente, y Ángel, su amigo de la infancia y el mejor amigo de todos, había tenido esa desgracia.

Atracos, tiroteos, secuestros, narcos, corrupción policial... ¿Por qué nunca había escrito una novela-postal sobre la violencia en su país con todos estos ingredientes folclóricos y una chirriante jerga local? Un pensamiento recurrente: en el mundo civilizado esas novelas triunfan. Otro: toda una literatura construida sobre el agotamiento de la pulsión vital y la fascinación por el crimen. Hugo Emerson ya tenía dos worst-sellers publicados en Europa cuando un día un editor le pasó una lista de temas interesantes para novelar.


Vida en las favelas (una trama en la línea de Ciudad de Dios).

Nuevo Laredo (carteles, sicarios), el cruce del Río Bravo (coyotes, inmigrantes)

Conflicto armado en Colombia (narcos, guerrilla, militares, paramilitares...)

Contrabando en el Amazonas (lanchas, droga, sexo, chamanes, selva...)

Años setenta en Argentina (desaparecidos, torturados, vuelos de la muerte...)

Emerson rechazó todas las propuestas. Una razón (o una excusa): son temas de exportación. Otra: no puedo escribir sobre nada de eso porque no he vivido nada de eso. El editor insistió, le sugirió que escogiera el último tema de la lista y hasta le propuso una línea argumental. Un argentino y una argentina se conocen en Europa. Son jóvenes. Se enamoran. Un día ambos se enteran de que en los años setenta el padre de él había torturado a la familia de ella. El desarrollo y el final quedaban en manos del autor.

Hugo Emerson venció su pereza y lo intentó. Incluso asistió a una muestra de Poéticas de la Memoria, donde se contactó con hijos de desaparecidos. El hermetismo de la cofradía le impidió relacionarse con el grupo. Sin em- bargo, consiguió intimar con una mujer joven que, pensó, podría servirle de inspiración para crear el personaje de la protagonista. Ella le habló del dolor, de cómo las jerarquías estaban determinadas por el dolor. Cuantos más familiares desaparecidos tuvieras, mayor dolor; y a mayor dolor, mayor liderazgo dentro del grupo. Los esfuerzos y el interés de Hugo Emerson se agotaron al poco tiempo, ni siquiera fue capaz de pensar en un desarrollo para la historia, más allá de la punta facilitada por el editor. La razón (o la excusa): el dolor. El dolor era una dimensión truculenta de la vida sobre la que él nada sabía. El dolor le era tan ajeno que a la mínima desgracia quedaría como un insecto atravesado por un alfiler. Emerson le dijo al editor que no estaba preparado, que no podía escribir sobre eso porque nada de eso le tocaba de cerca.

Lo que le había ocurrido a Ángel Sosa, en cambio, le tocaba de cerca. Una frase recurrente: mi fantasía más idiota es que me peguen un tiro y sobrevivir. Otra: no soy rencoroso, soy memorioso. Para la memoria patológica de Hugo Emerson veinticinco años no eran nada. Su afán de protagonismo, también patológico, hacía que la envidia en este caso fuera posible. Pero esta envidia, renovada ahora por un balazo accidental, se remontaba a la pubertad. Emerson tenía doce años cuando perdió la última ocasión de ganar la elección del mejor amigo en el día del amigo. Un cuarto de siglo más tarde lo recordaba todo. Cuando Federico Pintos, ahora calvo, trajeado y barrigón, le contó en un encuentro casual lo de la bala perdida en el Once, Hugo Emerson no pudo evitar jactarse como lo hacía en aquel entonces. ¿Sabías que soy el único en este mundo al que el bueno de Ángel Sosa le ha partido la cara? Pintos también lo recordaba, había sucedido después de la elección del mejor amigo en el último curso de primaria. Después de aquello Hugo y Ángel habían dejado de hablarse.


Nada mejor que un suceso dramático para propiciar el reencuentro. Ángel Sosa, que no conocía el rencor, sin duda se alegraría de volver a hablar con él después de tanto tiempo. Él le pediría detalles. ¿Cómo fue? ¿Qué se siente? ¿Sentiste dolor? ¿Perdiste mucha sangre? ¿Pensabas que te morías? El episodio no daba para una novela, pero sí para un relato. Emerson estaba entusiasmado y ya empezaba a construir el relato en su cabeza, a pensar frases: «Ángel Sosa era más bueno que Obama». No, nada de chascarrillos de actualidad, funcionaban cuando los testeaba en la barra de un bar, pero al final siempre terminaban desvirtuando cualquier intento narrativo serio. Pensaba en lo que le había ocurrido a Ángel y trataba de recordar experiencias similares de vértigo vividas por él, batallitas contadas mil veces para impresionar a la gente civilizada de la cultura, pero no tenía nada para presumir como un buen pedazo de plomo calcinante –porque dicen que quema– entre pecho y espalda.

Las experiencias similares de Hugo Emerson, más que una desgracia con suerte, habían sido una suerte sin desgracia. Una vez, en su piso de Barcelona, se encontró a un ladrón de origen kosovar que al ser descubierto le imploró de rodillas que lo dejase marchar. ¿No eran los del Este los más sanguinarios? A mediados de los noventa, en Buenos Aires, una novia amante de Tarantino le arrebató la pistola a un policía anciano que iba a detenerla por haber destrozado el escaparate de un videoclub. ¿Quién es el poli ahora, abuelo? Emerson tuvo que calmarla para evitar el infarto del suplicante agente al que, según confesó, le faltaban pocos días para jubilarse. ¿Cómo iba a contar historias violentas de primera mano si todos los criminales y policías que pasaban por su vida eran más buenos que Ángel Sosa? De inventárselas, ni hablar. En esto, además de poco imaginativo, Emerson era dogmático. Una sentencia: imposible escribir sobre lo que no has vivido sin que se note (y sobre lo que has vivido también). Otra, dirigida al editor: con un nombre como el mío deberías publicarme sin leerme, sin siquiera pedirme que escriba.

Imaginaba best-sellers de mil páginas en blanco con rutilantes letras en relieve impresas en la cubierta: HUGO EMERSON. Como los nombres de las señoras anglosajo- nas a las que traducía por la tarifa mínima (Amanda Quick, Alice Hoffman, Dorothy Turner, Sarah Jefferson) y que según Emerson lo mantenían. Chascarrillo de barra de bar: no soy un traductor, soy un gigoló. Sin duda, pensaba, aquella bala inocua le hubiera venido mucho mejor a sus aspiraciones como escritor que a la existencia anodina de Ángel Sosa. La bala habría dado lugar a una experiencia narrada de primera mano, a una leyenda, todo un filón en materia de promoción, y el editor, además de publicarlo, no habría resistido la tentación de mencionar esa bala en el texto de la solapa del futuro best-seller, como si se tratara de una medalla literaria.

La madre de Ángel Sosa atendió el teléfono. ¡Hugo Emerson! ¡Tanto tiempo! ¿Tenés mujer? ¿Tenés hijos? ¿Tenés éxito? Emerson le dijo que se había enterado de lo de Ángel y quería localizarlo. Vos sabés, che, que ha sido una desgracia con suerte. ¡Qué susto, Jesús! Angelito estaba viviendo en un pueblo del interior con su señora, una chica excelente. Hugo recordó las aspiraciones de Ángel de casarse con una mujer virgen. No le extrañaba que hubiese dejado la capital para mudarse al interior del país, atraído por la gente sencilla como él. Para Emerson, el interior era el inferior. Angelito había ido a Buenos Aires para hacer un trámite, y pasó lo que pasó. ¿Qué fue exactamente lo que pasó?, preguntó Emerson. La madre prefería no acordarse, le dijo que mejor hablara con Ángel, le dictó los diez dígitos del teléfono celular de su hijo. Llamálo, llamálo, se va a alegrar de hablar con vos. Hugo le dio las gracias y se despidió, y estaba a punto de colgar cuando: qué macana, Hugo Emerson, que no tengas éxito, pero cómo, che, si vos siempre ganabas la medalla de oro, eras un personaje. ¡Y Angelito te quería tanto!

La elección del mejor amigo en el día del amigo era una tradición, como era una tradición que todos los años eligieran a Ángel Sosa. Tiene un corazón tan grande que no le cabe en el pecho. Eso decían todos, como si Ángel formara parte de la hagiografía contemporánea. Un rumor: vamos a estudiar su vida en las clases de catequesis. Otro: tiene una doble vida, trata mal a la madre. Ser el mejor alumno también tenía su mérito, pues nunca ha sido fácil serlo y al mismo tiempo hacerse respetar. Hugo Emerson lo conseguía, con una combinación de inteligencia, bufonería y descaro. Los que lo odiaban por pedante lo admiraban por ser un liante, y el personal docente no sabía cómo reaccionar ante el contraste entre una conducta escandalosa y unas notas sobresalientes. Prevalecían las notas, y las medallas de oro, pues Emerson era un competidor clave en los intercolegiales de mentes brillantes. Pero en un colegio donde se inculcaba la santidad no bastaba con tener el mejor promedio todos los años, y no alcanzaba todo el oro en medallas si no eras el más querido, el más amado. Si no decían de ti: tiene un corazón tan grande que no le cabe en el pecho. Antes de la última elección del mejor amigo, Hugo Emerson divulgó falsos rumores sobre Ángel Sosa y sobornó uno por uno a varios compañeros. Votáme y te voto, votáme y te voto, votáme y te voto. En aquella elección Emerson recibió una cantidad sorprendente de votos (incluido su propio voto), pero sin llegar a obtener el reconocimiento deseado. Como en los años anteriores, y aunque sólo fuera por un margen escaso, Ángel Sosa volvió a salir elegido mejor amigo, mejor compañero, mejor persona. Y una vez más: tiene un corazón tan grande que no le cabe en el pecho. Amén.

Aquel día del amigo regresaban juntos a casa después del colegio, cuando Hugo le preguntó: ¿a quién votaste? Ángel, con una sonrisa enternecedora: a quién va a ser, a vos, Huguito. Y Emerson: qué infeliz, ¿no te das cuenta de que a mí me importás un carajo? Se dedicó a atormentar la conciencia del mejor amigo de todos. Confesá, confesá que en el fondo sos un hijo de puta, confesá, santurrón, ¿me vas a decir que nunca mataste una mosca? La sonrisa de Ángel que se hace trizas, el mentón que le tiembla. Te ven como un pan de Dios, pero sos un pobre infeliz, ¿no te avivaste todavía? Ángel que apura el paso y se adelanta unos metros. Y Emerson, pisándole los talones: sí, tomátela mejor, me da vergüenza que me vean con vos, andá a hacerte coger por los curas, puto, a ver si te canonizan. El objetivo era el llanto, y Ángel Sosa, al llegar a la puerta de su casa, se giró con lágrimas en la cara y lanzó un puño pétreo, inesperado, que dejó a Hugo Emerson tumbado en el suelo con una sonrisa cubierta de sangre. Hugo se levantó, se limpió la nariz y la cara con un pañuelo de tela, se sacudió el uniforme y entonces vio a Federico Pintos, uno de los tantos sobornados, en la vereda de enfrente. Emerson cruzó la calle. Pintos se puso pálido: pará, Hugo, pará, te lo juro por Dios que no se lo cuento a nadie. No, dijo Emerson, mañana vas y se lo contás a todos, ¿entendiste?

Habían pasado veinticinco años.

Hola, chaval, habla el único tío al que le has partido la cara en toda tu vida, ¿me equivoco? Ángel Sosa lo reconoció enseguida, se alegró de oírlo, se rio amigablemente de su acento ibérico. Comentaron sus vidas conyugales. Hugo Emerson, poco que contar. Ángel Sosa tenía cinco hijos. Emerson le preguntó cómo se encontraba. Habían pasado dos semanas desde el episodio en Once y Ángel ya estaba recuperado. Tan es así que conducía por una carretera de doble mano a la vez que hablaba por el móvil. Emerson lo escuchaba hablar de la experiencia, mientras no podía evitar imaginar un final abrupto y absurdo para su relato: Ángel Sosa que se estrella y se mata en su coche mientras le cuenta a un viejo amigo cómo ha sobrevivido a un disparo.

Un atraco en un locutorio de Once. El chorro sale empuñando un revolver del 38 (la bala que le extraen pos- teriormente a Ángel Sosa es de ese calibre). El dueño del locutorio sale a perseguirlo. El atracador para un taxi, baja al taxista de los pelos y se monta frente al volante. Pero antes de arrancar se gira y ve al tipo del locutorio corriendo hacia el taxi, también con un revólver en la mano. El chorro levanta el 38 y apunta a través de la ventanilla trasera. Ángel Sosa es uno de los varios testigos paralizados, justo detrás del taxi. Había una señora a mi lado, yo le pregunté si había oído algo. La mujer lo mira y responde que no, me parece que no, joven, yo no oí nada. En ese momento Ángel Sosa recibe una descarga eléctrica calcinante que le recorre todo el brazo izquierdo. ¿Te asustaste? Se estira el cuello del pullover y debajo ve su camisa blanca empapada en rojo. ¿Se siente bien, joven? ¿Perdiste mucha sangre, Ángel? La mujer hace que se acueste en el suelo, empieza a gritar. ¡Llamen a una ambulancia! ¿Pensabas que te morías? Me dije ya está, ya fue, me puse a rezar, Huguito. Te habrán faltado dioses, pensó Emerson, de católico a politeísta en un santiamén. Pero en cambio dijo: yo también, Ángel, yo también habría rezado. No sabés cómo quemaba, Huguito, suerte que me llevaron rápido, que si no, no la cuento. Ahora la gente andaba contando su historia y diciendo que Ángel Sosa era gafe. Vos sabés, Huguito, que andan diciendo que soy yeta, me lo dijo el Fede Pintos, por atraer a las balas, ¿a vos te parece? Lo que está claro es que no eres ningún santo, pensó Emerson, o habrías tenido el destino de mártir que te corresponde. Pero en cambio dijo: ni caso, Ángel, la gente es gilipollas, no saben ver las cosas. En el hospital le habían extraído una bala del 38. Se la habían sacado por la espalda y le había quedado un agujero en el omóplato. La bala que alcanzó a Ángel Sosa, según el médico, estaba enquistada a cuatro centímetros del corazón. Yo sabía que no tenías un corazón tan grande, pensó Hugo Emerson. Pero en cambio dijo: eso es suerte. No escribió nada. La historia, si es que había historia, se fue desgastando en su boca. Tras su regreso a Europa no paraba de contarla. Os contaré la historia de Ángel Sosa, el hombre con un corazón tan grande que no le cabe en el pecho. Y entonces Emerson contaba su propia historia, otra batallita, confesaba su fantasía más idiota, ironizaba con su envidia, se proyectaba él mismo una vez más como único protagonista y hacía reír a su auditorio. Llevó la bala de su amigo de la infancia enquistada a cuatro centímetros de su encogido corazón, la paseó y la exhibió entre amigos recientes, entre conocidos de la cultura, como si fuese una medalla literaria. Contó aquella historia un millón de veces, por lo menos, y casi siempre a pedido de gente a la que despreciaba. En cada ocasión su relato arrancaba arrollador, al ritmo de una narración de crimen trepidante, como las que le gustaban al editor. Pero luego era como si la bala comenzara a escarbar. Como si Hugo Emerson empezara a desangrarse. Y la historia, si es que había historia, iba perdiendo fuelle.


Copyright © Pablo Manzano