miércoles, 29 de julio de 2026

Reseña de “Sé morir” de Elena Mesa


 Sé morir

Elena Mesa

Tránsito, Madrid, 2025


Aunque la novela va como un proyectil hacia su desenlace y este no es ninguna sorpresa, el nudo es donde se halla la miga, aquello que nos engancha a continuar leyendo, el final se presenta más como una puerta que siempre ha estado abierta pero por la que sólo saldremos cuando hayamos terminado la lectura. No se trata de descubrir el por qué o el cómo, no hay razones ni argumentos que se esgriman para justificar una muerte que no llega a presentarse tampoco como trágica. 

Se trata de una novela epistolar, en la que se narra una historia de amor fraterno. El hermano menor retirado en un monasterio, donde pasa los últimos días de su vida, le escribe a su hermana mayor. Si bien el presente tiene una importancia debido a que cada reflexión, cada trazo del bolígrafo que recorre el papel posee la carga de un adiós, de unas últimas palabras lo que cobra relevancia es el pasado, ya que en él, quien recorra estas líneas, tratará de encontrar el factor o la combinación de factores que lleven al protagonista a acabar con su vida. Llegamos así a la infancia de los protagonistas, que crecen en una comuna humilde de la ciudad de Medellín, Colombia. “Así supe que la infancia era un lugar del que no iba a irme nunca.” Seremos testigos de un hogar roto, de una madre víctima de una serie de injusticias y de una sociedad desigual, machista, violenta, lo que podría llevarnos a sacar conclusiones. “No sabía que en las familias siempre hay un horror y uno tiene que defenderse.” Sin embargo, dicha lectura en determinados momentos puede resultar maniquea. Como Karl Jung había demostrado con el concepto de sincronicidad, apoyándose en la física moderna, la naturaleza no es estrictamente causal y quizá esto se aplique mejor que nada a las acciones humanas. Estamos ante un motor que se ha puesto en marcha y que no parará hasta lograr su objetivo. En este sentido nos trae a la memoria aquello que Bajtin definió, a propósito de Crimen y castigo, como el personaje “devorado por una idea”.  

Escrita con pinceladas líricas al mismo tiempo que con cierta crudeza, esta novela, por momentos desgarradora, logra transmitir instantes de luz, lo que quizá sea su mayor mérito. Situarse en esa zona gris (con lo fácil que hubiera sido caer en la sensiblería) en la que cierta ambigüedad o el propio misterio de la existencia hacen que se trate de una lectura que se inclina hacia un lado o hacia el otro, “porque es tu mirada la que necesité para sostener mi vida, porque es tu mirada la que necesito para sostener mi muerte.”

Solo añadir que en su forma se trata de una nouvelle y que además del texto se sirve en un puñado de páginas de material gráfico de la misma autora. EEU

martes, 21 de julio de 2026

Reseña de Nuestro Consuelo, de Rafael Coiro Font

 Nuestro consuelo

Rafael Coiro Font

Editorial Comba

Barcelona, 2026



“Nadie llega al pueblo y es bienvenido. Nadie es bien recibido. Ni siquiera si tiene amigos, ni siquiera si tiene dinero, ni siquiera si da trabajo. Lo comerán la desconfianza y la envidia. Nuestra desconfianza y nuestra envidia. Yo no las padezco pero las comprendo. “

Así comienza la novela Nuestro consuelo de Rafael Coiro Font, toda una declaración de intenciones.

Punta Brava es uno de esos pueblos donde aparentemente no pasa nada, que atraen a aquellos que vienen de las grandes ciudades con “esos aires de grandeza, de superioridad, de saberlo todo, de ser mejores.”

Será la llegada de Esteban Alberdi y Paula Puig por separado lo que desencadene la trama, narrada por Lautaro, el novio de Sandra, y miembro del grupo de jóvenes que viven del trabajo que dan los recién llegados o los Heredia, la familia terrateniente de la región, cuya estirpe se remonta a las campañas de desplazamiento de los indígenas de las llanuras del siglo XIX. Este es el punto en que la novela entronca con una realidad hispanoamericana y a la vez con una vertiente absolutamente central de su literatura. La desigualdad social presente tiene mucho que ver con una etapa fundacional en la que una clase dominante terrateniente encarnada en la figura del cacique se impone y ejerce una política de despojo, ultraje y violencia, cuyas principales víctimas son los pueblos indígenas. En ese sentido, aunque con un estilo y unas formas muy alejadas, Nuestro Consuelo vendría a alienarse con la tradición literaria que va desde Facundo, pasando por El Matadero, prosigue con el El juguete rabioso, pasa por El muerto, un relato de Borges, y llega hasta el siglo XXI reconfigurado en Chicas muertas de Mariana Enríquez, una crónica en la que el caciquismo rural de otrora se conoce hoy como “feudalismo provincial”, una serie de personajes oscuros que controlan la justicia, la policía, y entretejen una red de favores para blindarse a sí mismos y a sus socios. Eso, en cuanto a la literatura argentina. En cuanto a la literatura hispanoamericana podríamos trazar un paralelo entre los personajes de Pedro Páramo (en la célebre novela de Rulfo) y su hijo Miguel y los personajes de Gonzalo Heredia y su hijo Leandro, “el niño rico del pueblo” que al ver a Paula Puig por primera vez, “no fue capaz de disimular su flechazo” y “la invitó a su hotel, al hotel Punta Brava, a tomar unas copas en la barra del bar —al que ninguno de nosotros podía ir— ( ) y le mostró sus campos y sus caballos, sus rifles y escopetas”. 

De otro lado tenemos dos figuras antagónicas, la de Lautaro (el narrador) y su padre, que representan a la clase dominada, cuya mano de obra y disponibilidad están aseguradas para los foráneos de las grandes ciudades 

(“Por eso mi padre les tenía veneración, por eso se esclavizaba con ellos. Perdía la dignidad, que luego creía recuperar en el bar de Tapia, borracho hasta las cejas”) así como para el viejo Heredia (“Nos pagaba una miseria, es verdad, y nunca saldríamos de pobres, pero comíamos cada día. Era su estilo, su manera de mantener su negocio.”). 

En un lugar como Punta Brava, donde “sobran los cuentos, las supersticiones”, el día a día está marcado por la apariencia de que no ocurre mucho, aquello que ocurre es el fruto de este choque entre los locales, los que llevan ahí toda la vida, y un nuevo tipo de colono secular, salido de las grandes urbes. “Compartíamos el mismo pueblo, pero vivíamos en otro mundo”

Quizá lo que se narra es el fin de la colectividad, el triunfo de de aquello que Max Weber denominó “el desencantamiento del mundo” y que hoy puede recibir el nombre de “espiritualidad laica” o “misticismo cuántico”, en lo que se refiere al resurgimiento de la magia, lo sagrado y el misterio. A los foráneos “Hay que aguantarles las fantasías que tienen de cambiar de vida, de conectar con la naturaleza, de la energía positiva, de hablar con los árboles y todas esas historias.”

Nuestro consuelo es en cierta manera una novela difícil de clasificar. Por un lado es rural, pero a la vez, por todo lo que ocurre, ya sea, a causa de la globalización, el concepto del no-lugar de Marc Augé (en lo que respecta a los escenarios, la ruta, el camino, la carretera y hasta la playa, el mar, el bar) o los personajes y sus vicisitudes tiene mucho en común con la novela urbana, con el barrio de una metrópoli, por lo que, además de la tradición literaria, el pasado nacional y la realidad actual, tanto al lector sudamericano como al español, todo le sonará familiar. A lo que habría que agregar, para finalizar, sutiles toques de humor de esa voz narrativa que con distancia e inteligencia, como personaje testigo, despliega la historia. EEU.